jueves, 30 de mayo de 2013

Garfield, mi padre y el 31 de mayo

¿Vas conmigo, enano?

Al Estadio. A lo de un cliente. A ver a Trouville. Al garage a guardar el auto. A comprar cigarros. A ver jugar al fútbol a mi hermano. A lo de Alfredito. A buscar la comida. Era una pregunta retórica porque no me daba tiempo a responder; yo solo lo seguía. Me gustaba ser la dupla de alguien que siempre vi cargado de responsabilidades. Me sentía como Robin. Además era mi padre.  

Nunca le dije

Nunca le dije, pero siempre me emocioné cada vez que recordaba el primer gol que hice en Baby Fútbol. "Contra el caño", decía mientras parecía ver el replay. Él se acordaba porque estaba siempre afuera de la cancha, aquel día con el traje de oficinista porque fue entre semana.

Me compró decenas de pelotas de fútbol. Nunca le dije pero con el tiempo me dio lástima recordar cada vez que le pedía otra pelota porque me la había pisado un auto. 

En la fiesta de graduación del liceo se enteró por una profesora que yo me hacía el gracioso en la clase. Se lo imaginaba pero nunca se lo dije.

Nunca nos dijimos muchas cosas. Y eso fue creciendo a medida que los dos cumplíamos años. Nos enterábamos por terceros del aprecio mutuo. Él festejaba mis chistes o comentarios en otros ambientes, y yo hablaba bien de él, pero casi nunca enfrente de él. 

Infartos

A veces, ir a ver a Nacional, Uruguay o Trouville significaba sufrir, porque con el resultado del partido parecía que se le iba la vida. Teniendo en cuenta su deficiencia cardíaca, era una posibilidad real. También hubo peleas con algún otro hincha, que por suerte siempre fueron solo verbales. Todavía veo al hincha de Cerro que lo invitó a pelearse; era gordo, de brazos cortitos, y  tenía una camiseta que le apretaba mucho la panza. "Estoy con mi hijo", se excusó. El gordo lo hubiera cagado a piñas. Y yo hubiera llorado.

Pintos

Me gustaba su firma. Cuando era chico veía los carnet del colegio y no podía entender cómo la hacía siempre igual. Crecí y un día tuve que inventarme una firma, entonces aproveché que tenemos el mismo apellido y le copié la forma de hacer algunas letras. 

Imperativos

Hay dos cosas que nunca se le hubiera pasado por la cabeza que yo no haría: mirar fútbol y estudiar después de terminar el liceo. Entré a facultad. Estaba en la recta final cuando un día me dijo que quería que yo me recibiera antes de los 23. Me dí cuenta que estaba ansioso por sentir ese orgullo. Fue en 2005. Lo corrían de atrás.

Lo último que supo de mi carrera es que había ido a una entrevista en el diario El Observador, y desde la cama del hospital me aseguró que iban a contratarme. Se lo decía más a él que a mí, como para poder irse tranquilo sabiendo que su hijo más chico había conseguido un trabajo. "Me voy temprano pero por lo menos dejo todo encaminado", habrá pensado. No me tomaron pero él siempre pensó que así sería. 

Te invito a mi fiesta

Hoy hace diez años que festejó 60. Todavía guardo la invitación. Vivíamos juntos pero no puedo acordarme por qué me invitó formalmente y si entregó otras tarjetas. En realidad fue un chiste y me arrepiento de no festejárselo porque es bueno. La tarjeta tiene a Garfield y cuando la abrís dice: "Habrá dulces y sorpresas, jugaremos un montón, y si vienen a la fiesta lo pasaremos mejor". Datos del lugar y la hora y firmó: "Papá". Me resulta inverosímil que tuviera presente a Garfield, y además el tipo te ofrecía "dulces y sorpresas" con 60 años. 

Uruguay-Brasil

El 30 de marzo de 2005 Uruguay jugó con Brasil en el Estadio por Eliminatorias. Ese día me enteré que le quedaba "poco tiempo de vida", según su médico. Tenía razón. Por eso hoy serían y no son 70. Pero me queda cuerda para jugar un montón.







miércoles, 22 de mayo de 2013

Un Cheto para mi País

Gabriel Molina, dirigente del PIT-CNT, dijo que Un techo para mi país no sirve porque son "chetos". Me sirve que algunos "progresistas" se muestren genuinos. Su discriminación hace tanto mal y nos divide de la misma manera que lo hace el clasisimo de la derecha más fascista. Pero por lo menos así, con las caritas descubiertas, sabemos dónde está la enfermedad. Ojalá nos curemos algún día.


lunes, 20 de mayo de 2013

La flauta prohibida

Nunca aprendí a tocar un instrumento musical. Uno de los baches más tristes que tengo porque es irreparable; cuando no tenés ninguna facilidad para hacer algo, al menos debés intentarlo desde temprano, pero para mí ya es muy tarde. Y como en la descendencia se depositan todas las frustraciones, tengo cosas que decirle a mi hijo varón que no existe (la biología también da chances de tener nenas pero no creo en la biología).

Montevideo, 2027

Hijo, 

pedime plata, comprate un smartphone, entrá a mi blog y leete este post antes de darle "Me Gusta" a la Fanpage de Wachiturros. Antes andá a tirar la basura que hoy tu madre vino cansada del "curso".

Escuchá bien: de todos los instrumentos que tengas para elegir, te prohibo la flauta; dulce, traversa, de pan, la que sea.

La imagen de la flauta

Me preocupan ciertas imágenes asociadas a la flauta. Algún día los chistes fáciles con referencias sexuales no van a ser graciosos, pero mientras tanto, no des excusas para ser víctima de una. Para empezar es un objeto fálico que te tenés que llevar a la boca y soplarlo. ¿Viste nuestro pirulín? Bueno, para muchas personas una flauta es un pirulín. Ya bastante tenemos con ser bolsos y gallinas como para que en la escuela piensen que soplás pirulines. Y no me preguntes más: no sé de dónde salió la carpeta de Ricky Martín que viste en mis archivos. Debe haber sido broma de un amigo, es un cantante viejísimo que ya nadie conoce. 

¿Flautista de fogón?

Te pregunto algo ¿Alguna vez viste un flautista de fogón? Esos que acaparan la atención de hombres y mujeres? Eh? Contestame, No, verdad...? El galán es el de la guitarra. Por ahí puede ir la elección. La guitarrita, hijo. En el caso de que te gusten las mujeres, no te imaginás la cantidad de minitas que se te acercan si tocás la guitarra. Yo nunca aprendí a tocar pero si te acercás a gente que sepa tocar, los rebotes del guitarrista pueden ser tuyos. Sin ir más lejos, tu mamá es de los mejores rebotes que me dio tu padrino Walter.

No da

Tengo más preguntas, pequeño. ¿Vos sabías que si estás mucho rato tocando la flauta tenés que limpiar cada tanto la babita que se cae? ¿Eh? ¿Sabías? Bueno, entonces escuchá a Papá que algo sabe de la vida. Es un asco. No da. Ya tener que llevar un pañuelo para limpiar la baba es asqueroso. Y vuelvo a la imagen del fogón. Fuego prendido, ronda de amigos en Playa Mansa de Atlántida, gases lacrimógenos que tiró la Policía para separar una pelea callejera (está la chica que te gusta) y en la mitad del tema estás revoleando unos hilos de baba. La verdad, hijo, prefiero que Peñarol gane la séptima Libertadores antes de verte así. 

Flautistas famosos

Hay más preguntas. ¿Conocés a algun flautista famoso? Andá y poné en Google imágenes de "flautistas famosos"...ni una carita conocida! Nadies, nadies. Una manga de ignotos con pintas raras. Apenas se hizo famoso el de Hamelin por una leyenda. ¿Pero para qué lo usaban al tipo? Para llevarse las ratas. Fea la actitud, ¿no?

Cero aplauso

Hijo, ni en los bondis aplauden al flautista. El tipo sube con todo el respeto, se pone a tocar y cuando termina tiene a la todo el bondi sedado, tirando baba contra la ventana; bien dormiditos todos porque el sonido de la flauta da sueño. No es mala voluntad para aplaudir, pero es lo que pasa. Escuchá a Papi que algo sabe. 

No quiero incidir en tu elección. Me gustaría que aprendas a tocar un instrumento. Lo único que te pido es que no elijas la flauta. O elegí la flauta si querés, pero tocame este tema.  AUDIO








domingo, 28 de abril de 2013

Era un "bolso de mierda"

Veo cómo juega Defensor (perdiendo o ganando) estas finales de la Liga Uruguaya y pienso en algo. Es normal, cuando te hacen hincha de un cuadro grande desde niño, que veas a los clubes chicos de forma despectiva. Hasta los 10-12 años recuerdo que decía, por escucharlo nomás: "Defensor es un cuadro de mierda". Como si la grandeza de mi equipo anulara a cualquier otro. Recorro diez años para atrás y veo a Defensor peleando en básquetbol y en fútbol contra equipos con más plata, con más jugadores, con más poder, con más hinchas, y ellos siempre se las arreglan para ganarles o para perder luchando. Fueron campeones, vice campeones o definieron arriba (casi) siempre en los dos deportes. También pienso en la mejor selección uruguaya que vi en mi vida y en nombres que fueron columna vertebral de Tabárez: Mono Pereira, Cáceres y Ruso Pérez. Todos criados en Defensor, a los que se puede agregar Martín Silva. Defensor nunca fue un club de mierda. Pero también, por suerte mis cumpleaños no fueron en vano y además de descartar esa tontería hoy puedo ver que es un ejemplo de club, porque demuestra que, por suerte, no siempre la plata es sinónimo de títulos, mucho menos del éxito. Hay que ser muy miope para no destacar a Defensor.




Vamo con este temita, ideal para un poguito prolijo como a todos nos gusta, especialmente en el final con los vientitos. Apriéta, ah! ah! apriéta.

martes, 4 de diciembre de 2012

Canciones infantiles: vigencia, discriminación y moralejas

¿Qué mensajes esconden algunas de las canciones infantiles clásicas? Un análisis serio sobre los conceptos que de niños nunca cuestionamos y hoy, con experiencia, madurez y rigor académico, podemos sacar a la luz.

"Arroz con leche"

Acá se presenta un masculino heterosexual, que al parecer está en busca de una señorita para casarse. Hasta ahí todo 10 puntos; buena parte de la humanidad busca emparentarse con una mujer para formar una pareja. Pero en los requisitos para encontrar esa pareja me surgieron algunos cuestionamientos:

"Arroz con leche me quiero casar, con una señorita de la Capital"

Siempre lo dije, la jodita de burlarse de la gente del Interior es una creación cultural que los capitalinos reproducimos de generación en generación desde niños. No me puedo hacer cargo.   

La canción deja bien clarito: ¿te queres casar?, buscate una mina de la capital, acá en el Interior no sacás nada bueno y las que sirven están tomadas.

Pero luego viene lo mejor...¿qué tiene la capitalina que no tenga la del Interior...?

"Que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a pasear".



Terrible. Desde la última vez que escuché a Victoria Rodríguez que no veía una discriminación tan peyorativa. El tema corte y confección lo dejo de lado. Pero suponer que una mujer del Interior es tan inútil como para no saber abrir la puerta para ir a pasear, es de Plan Condor. Yo tengo madre y abuela del Interior. Siempre las jodí, pero de chiste fácil nomás, aunque les tengo un respeto moderado y no me tiembla la voz si aseguro que no tienen limitaciones para abrir puertas antes de ir a pasear.

"Vamos de paseo"

"Vamos de paseo, pi pi pi, en un auto feo, pi pi pi, pero no me importa, pi pi pi, porque llevo torta"

Salir a pasear es un tema recurrente y me parece bien. Los niños sin actividad se aburren y dispersan fácilmente. Destaco tres cositas: 

1) Me parece que el padre, o quien maneje, se excede con la bocina, incluso si el paseo es en un fin de semana que hay menos gente en la calle. Siempre suponiendo que los "pi, pi, pi" son bocinazos.

2) Me imagino a una familia, paseando en un auto relativamente feo, como puede ser un Fiat Uno, o un Twingo violeta,  muy contenta y todos agitando alegría con el Pi, Pi, Pi. Pero también imagino que alguien se clava con la torta en la falda, y pasa muchos nervios para evitar que los niños se tiren arriba. Cuando digo torta pienso en algo bien pomposo, dulce, decorada, y no en una de jamón y queso.

3) Cuando vas a un cumple y te toca llevar torta, lo entiendo. Pero no me resulta natural salir a pasear con una torta porque sí. En realidad me surgen preguntas: ¿la torta se va comiendo en el camino? ¿No se toca y se le muestra a otros autos por la ventana? ¿Torta es una metáfora? ¿Dulce o salada?

"Un elefante se balanceaba..."

Mis padres usaban mucho la pregunta retórica para rezongar mis inquietudes: "Nacho, hasta que no lo rompas no lo vas a dejar quieto, no?

Una respuesta correcta sería: "Bueno, si escucho una canción de unos elefantitos traviesos que juegan al límite para ver si pueden romper la tela de una araña, hay buenas chances de reproducir esa conducta, papis". Hubiera sacrificado un millón de vasos de Coca Cola en mi niñez para que me surgiera esa respuesta.

"Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña, como veía que resistía fue a llamar a otro elefante..."

¿Por qué los gorditos siguen subiendo a la tela de la araña? Para romperla. Van a seguir subiendo hasta que la rompan. Moraleja: Bien yo y todos los que insistieron con algo hasta romperlo.

 "Manuelita"

La historia es conocida: una tortuga que se enamoró pero se vio medio demacrada y se va pateando hasta París para que la arreglen un poco. Una de cal y una de arena porque en el viaje de vuelta se le arruina todo el look parisino pero cuando vuelve el tortugo es tan crá que la quiere igual. Como que le dice: "pa qué te fuiste, boluda, si yo tampoco soy George Clooney. ´Jate de cosas, hace 3 años te borraste y yo meta mandar mensajes indignos a Telechat".

La moraleja "aguante la belleza natural" me sirve mucho y además destaco 3 perlitas:

1) ¿Por qué si una mujer tiene necesidad de embellecerse debe ir hasta al hemisferio norte? ¿Será porque acá en el sur somos todos indios y seguro nadie sabe hacer un buen brushing progresivo? Paris es la cuna de la moda, correcto, pero aquí en Sudamérica (casi) todas las mujeres pueden agarrarse tranquilamente de la barra horizontal del ómnibus sin que aparezca una melena leonina desde la axila.

2) "Tantos años tardó en cruzar el mar, que allí se volvió a arrugar". Manuelita nunca hizo piscina en el club. Paga 1.10 que si te metés un rato largo adentro del agua, salís todo arrugadito. La primera señal son las yemas de los dedos.

3) "Manuelita una vez se enamoró, de un tortugo que pasó.
Dijo: ¿Qué podré yo hacer? Vieja no me va a querer
".

A vos Manuelita, que pasás por una crisis de autoestima te digo: bien podrías jugártela con un medio de transporte menos indigente que la brazada y más acorde a tu superficialidad.


Dejo un temita precioso de un músico norteamericano bien identificado con los niños. Dale click más o menos por esta zona.



miércoles, 7 de noviembre de 2012

El aplauso

Aplaudir es un elogio explícito para aprobar algo o a alguien. Sin embargo, por diferentes razones, todos también dimos y damos aplausos gratuitos. Si ya no se aburrieron, recorramos algunos ejemplos de ambos:  

"Y si él lo pide..."

Se da generalmente porque lo promueve alguien a quien sí le entregamos aplausos genuinos. Ejemplo: estamos en el concierto de un artista que nos gusta y en un momento el líder de la banda dice:

- "Bueno, vamos a invitar a un gran músico, amigo de la banda, fuerte el aplauso para El Pacha Talacasto...".

Hay un buen porcentaje de gente que no sabe quién es El Pacha, o sí sabe pero su obra no da para que le nazca un aplauso, pero igualmente aplaude. No se aplaude al invitado específicamente, sino al pedido de nuestro artista. Para reafirmar mi teoría me gustaría ponernos a prueba con cosas como:

- "Invitamos al escenario al Ricky, que violó a su hija durante 15 años y nunca fue juzgado, hace 10 años es ñoqui en la Intendencia de Montevideo, y le pidió una foto a Jaime Trobo. Démosle un fuerte aplauso, dale."

Aplauso del minuto de silencio

Qué temita. Muy actual. Y me tiene las bolas craqueladas. De un tiempo a esta parte, a los clubes uruguayos se les ha dado por institucionalizar el minuto de silencio. Eso genera que en cada partido haya uno. Realmente no tengo un criterio claro para definir a quién dedicárselo pero seguro que me gustaría que a la condición de muerto se le agregara otra para justamente motivar un reconocimiento con silencio y aplauso,  así uno no lo tiene que respetar de mala gana. Porque ese reconocimiento está perdiendo el valor que debería tener.

Recuerdo que por distintas motivaciones me paré y aplaudí el minuto de silencio para Máspoli y al Oreja Rodríguez. Una leyenda de Maracaná y un pibe que jugaba en Nacional y se le terminó la vida a los 24 años por un accidente. ¿Qué motivación puedo encontrar para aplaudir a un "ex tesorero del club"?

Nota de color amarilla y negra: para el caso del Oreja, quiero recordar una ovación que dio la Ámsterdam, llena naturalmente de hinchas de Peñarol.  Me resultó esperanzador. Eso no significa que no vaya a cada clásico con miedo a llevarme un plomito. De hecho siempre voy con 2 miedos: sufrir daños físicos y que Peñarol gane.

Aplauso al músico ambulante

Si bien los montevideanos generalmente gozamos de una generosa antipatía con una cara digna ganadora del concurso de Colas Reef, somos muy de reconocer y aplaudir a los talentos ambulantes ya sea musicales o teatrales.

En mi caso soy extremadamente tímido en ambientes desconocidos y me cuesta arrancar ese aplauso aunque lo sienta. Estoy seguro que no soy el único y que por más que tenga a Paul Mc Cartney diciendo en español "esssta can-ción es parra voss, Nachou", me costaría arrancar el aplauso. Eso sí, apenas escucho las primeras palmaditas me prendo como una garrapata a esa mini ovación.

Este aplauso puede ir acompañado de alguna monedita porque ni ellos se creen el mito de que el artista vive de los aplausos del público. 

Aplauso por inercia social (bue, todos aplauden, aplaudo)

No hay nadie que se salve. Todos dimos aplausos gratis alguna vez por inercia social y para no quedar desubicados. Es el caso antagónico a quien arranca un aplauso y queda solo. Acá aplaudís para no quedar afuera, amargo, desubicado, antipático y cualquier otro sinónimo que seguramente nos pueda aportar Juan Carlos Scelza si comenta este post. Un saludito, Juanqui.

Top 3 de personas identificadas con el aplauso:

1) El colorado de Omar Gutiérrez: pura voluntad para el aplauso. Él ya tiene aseguradas varias tomas durante el programa pero así y todo no deja de aplaudir. (Capítulo aparte para su vitalidad y omnipresencia. Nunca se enferma el hijo de siete mil putas; si no lo ves en la tele, te lo cruzás en la calle).

2) Tabaré Vázquez: tiene una estética tan poco ortodoxa que merece estar en el ranking. El ex presidente aplaude con sus brazos totalmente extendidos hacia adelante y las manos casi muertas. Igual, este tipo no hace nada de casualidad; esos aplausos deben sumar a su popularidad tal como el veto al aborto, el Plan Ceibal y la lucha anti tabaco.

3) Mirka Vavrinec, conocida popularmente como "la esposa de Federer". Qué mujer constante para la presencia y el aplauso. Por parir, recien parida, con las dos botijas colgándole de los brazos, siempre está y aplaude.  El marido es el mejor tenista de la historia pero ella le aplaude todito, hasta los puntos más berretas.   



En vivo lo aplaudí una vez sola, cuando vino al Carrasco Lawn a jugar la Copa Petrobras en 2009, pero me guardo algunos por si lo veo de nuevo. Los que lo deseen pueden aplaudirlo si les gusta este enlace.


jueves, 4 de octubre de 2012

Yo le hice un favor a Leonardo Haberkorn, ¿ y vos?

Durante el 2006 entrevisté a Leonardo Haberkorn como parte de la investigación para la tesis de facultad. Hoy el tipo es casi una celebridad intelectual. Si después de los 2 libros sobre tupamaros quedaba lindo nombrarlo en un asado, con éste último de Víctor Hugo, citarlo debe servir para ganar muchas discusiones. Y ahora lo conoce cualquier uruguayo promedio.

(No viene al caso pero me da pena que haya logrado más popularidad y asquerosos "seguidores" fundamentalistas intentando vender una imagen no terrenal de periodista inmaculado, gendarme de la ética, cuando fue más honesto generalmente con su excepcional ejercicio del periodismo: por rigor y calidad. Asumo que las redes ponen a prueba nuestro ego, y Haberkorn tiene el suyo, sabiéndose muy bueno, claro)

En junio de 2007 presenté la tesis sobre la excepción periodística que significaba el Suplemento Qué Pasa bajo su editoría dentro del diario El País. Poco después se me ocurrió postear en este blog la entrevista editada que le había hecho; era uno de los anexos del trabajo. Pero duró poco. Unos días después Haberkorn me llamó y con el respeto distante que siempre me trató, me dijo: "Pintos, tengo que pedirle un favor". El pedido consistía en descolgar la entrevista.

Me sorprendió por 2 motivos: 1) No era la intención de las charlas que tuve con él, pero Haberkorn quedó bien parado en la entrevista; fue coherente con su trabajo en el Suplemento Qué Pasa y en definitiva eso era funcional a mi tesis. 2) Fue raro saber que no quería que algunas de sus citas quedaran en la red porque siempre fue muy bélico y combativo para defender la forma de hacer periodismo como él siempre la entendió. Nunca pareció medirse en sus palabras si se trataba de periodismo.

Pero yo siempre fui (sigo siendo) muy ingenuo y antes creía más en supermanes, como alguna vez creí que los Reyes se comían el pasto, o que podía ser jugador profesional de fútbol.

¿Por qué la descolgué? Bua, acá no vinimos a juzgar a nadie y menos a mí, que es mi blog. Pero la descolgué por la misma razón por la que hace un mes aplaudí sin darme cuenta al Tony Pacheco, cuando el Enano de la Vela le dedicó un tema en La Trastienda por la desgracia de la fractura: "si él lo pide, vamo´a hacerlo, yo que sé"; es inconsciente.

Hoy la vuelvo a colgar. Con o sin intención, Haberkorn está sacando rédito de un nombre como Víctor Hugo. Bueno, yo le quiero sacar unos clicks a mi blog cuando la gente ponga Haberkorn en Google. Vos dirás: el tipo hizo una investigación a 4 manos, escribió un libro que estuvo promocionado por Lanata y varios medios de renombre, y seguramente publique 37 ediciones. Bueno, yo no tengo ni el rigor, ni la pasión, ni el talento para hacer otra investigación como aquella de la tesis. Y no es falsa modestia. Me gana la desidia, nomás.

Petit advertencia: la entrevista resulta mínimamente interesante para un mundillo pequeño de personas entre las que, con viento a favor, puedo incluir a periodistas, estudiantes de comunicación, mi madre (capaz ya la leyó), y Víctor Hugo. Quedan afuera analfabetos y el resto de la población.

He aquí ella:

¿Cómo surgió el suplemento Qué Pasa?

Yo estaba en la redacción del diario El País, sin actividad, a punto de irme, y me llegó una oferta para editar el suplemento Fin de Semana de El Observador. Me agarró Daniel Scheck (administrador vitalicio de El País) y me dijo que él no quería que me fuera. Me preguntó qué quería hacer. Le dije que quería hacer periodismo profundo, de investigación y análisis, y me comentó que ya existía un nombre registrado para un suplemento de esas características: Qué Pasa. Decidí quedarme en El País porque era un diario líder en ventas y por muerte. Además en El Observador me ofrecían libertad pero que tratáramos de tener un espíritu positivo. No sé qué es un espíritu positivo, y en El País no me pidieron nada.

¿Por qué estaba “sin actividad” en la redacción del diario?

Porque había decidido renunciar a la editoría de una revista dedicada a cubrir las elecciones nacionales de 1999. Se llamaba Recta Final.

¿Y por qué tomó esa decisión?

La Revista era totalmente objetiva porque había que ser parcial. No tomaba partido por ninguno de los candidatos. Pero faltando 13 días para las elecciones vino una orden de cambiar la revista con una serie de condicionamientos por lo cual decidí no hacerla más. Renuncié al cargo; no me echaron.

¿Cuáles fueron esos condicionamientos?

Se nos pidió que a partir de ese momento, uno de los candidatos dejara de aparecer y que no apareciera más prácticamente, pero yo no acepté.

 ¿El candidato era Vázquez?

A buen entendedor pocas palabras bastan

¿No pensó que con el suplemento Qué Pasa sucedería lo mismo?

No lo pensé en ese momento. El tema es que hay que hacer las cosas como uno las entiende, hasta que lo dejen. Yo sabía que si pedía permiso me iban a decir que no. Es ser valiente a fuerza de saber que es la única opción. Yo siempre dije que haría lo que pensaba que tenía que hacer, y si me tenían que echar que lo hicieran; duré mucho más de lo que yo esperaba.

Cuando se creó Qué Pasa, ¿habló con directivos para que, a partir de la autonomía que le daban, se pudiera desarrollar una línea editorial diferente?
                                  
Se habló en general que iba a haber libertad para trabajar. No se habló en detalles. Se entendió que yo no iba a rendir cuentas a nadie como editor, pero en El País los suplementos son autónomos, el tema es que no la usan esa libertad. Todas las conversaciones fueron con Daniel Scheck.

Entonces, ¿la Dirección no era consciente de hasta dónde podía llegar el producto?

No, creo que no eran conscientes.

¿El suplemento tuvo un arranque “más suave” como para ver si se podía desarrollar otra línea editorial?

No, no fue así. No estaba tan claro qué queríamos. Yo pensé en qué le podíamos dar al diario que no tuviera. No había un material de lectura profundo y eso a mí me encanta. Igualmente fue tomando su perfil sobre la marcha. Otro de los cometidos era aprovechar los servicios internacionales pero siempre debía haber un informe nacional. El espíritu del producto se fue logrando sobre la marcha.

¿Cuál era su objetivo inicial?

Un poco más modesto de lo que terminó siendo: dar un material de lectura interesante y bueno. Con Andrea Tutté veníamos de un fracaso duro de asimilar con Revista Tres. Fue un proyecto muy ambicioso porque le iba a tapar la boca a todos. Era la revista que iba a mostrar en Uruguay lo que era el periodismo. Se hicieron buenas notas pero nunca se impuso. Por eso hablé con  Tutté y le dije que debíamos empezar más modestos. Con un periodismo interesante y bien escrito. El tema es que después Uruguay se empezó a desbarrancar y yo pensé en el rol que debíamos cumplir. Y el diario no tenía una postura crítica de lo que sucedía. Era muy “light”. 

¿Cuál era su percepción sobre la redacción del diario?

Es una redacción conservadora en el sentido de que no se innova. Yo estuve en la redacción antes de salir con Qué Pasa y notaba que había mucho autocensura de los periodistas. Pedían permiso para todo y siempre les decían que no. A esa redacción la domina el terror y la autocensura.

¿Por qué cree que sucede eso?

Porque es un diario que está en muchas manos. Es muy complejo. Siempre tenés el peligro de meterte con algún accionista o director del diario.

¿Piensa que el Qué Pasa tuvo influencia del suplemento Fin de Semana de El Observador?

Bueno, todo surgió por una oferta que me hicieron en El Observador, pero no era un modelo el Fin de Semana. Sí era una referencia y en cierta manera yo quería hacerlo mejor que eso. Mi idea era que El País lograra tener un producto de prestigio como tuvo Fin de Semana en algún momento.

¿Cómo era la relación con la redacción del diario?

El periodismo está lleno de mezquindades y de envidia. La mayoría nos vio con indiferencia pero como empezamos a hacer cosas que ellos no hacían, alguno reaccionó. Protestaban y decían por qué nos dejaban publicar determinadas cosas a nosotros que a ellos no se les permitía.

¿Siempre tuvo el mismo grado de libertad para trabajar el suplemento?

No. Hubo altas y bajas. El problema era que a alguno de los directivos o accionistas de El País, no les gustaba entregar tanta independencia porque se corría el riesgo de ir en contra de sus opiniones o intereses. El problema no era tanto qué publicar, si no cómo no consultar antes.

¿Cuál fue el momento más crítico?

Seguramente en el año 2002, con la crisis del país. Cada cosa que pasaba se ponía más bravo y tuvimos unas seguidillas que fueron tremendas. La primera fue con una nota que escribí sobre la gestión de Batlle. Ese mismo día, el diario publicó una aclaración en la página editorial para explicar que la nota había escapado al control de la Dirección. Pero eso no fue así. La habían visto y no querían que saliera. Inventaron eso para lavarse las manos; por eso dijeron que no la vieron. Yo dije que iba sí o sí, y desde la Dirección, Enrique Beltrán y el “torta” (Martín) Aguirre (Gomensoro) me dijeron que la imagen del presidente se iba a la mierda. El otro lío grande fue con una nota sobre el Ministerio de Deporte. El ministro Trobo quiso responder y el diario le publicó una carta llena de mentiras. Yo quise responder esa carta porque nos acusaba de tergiversar la información para perjudicar al Ministerio. Se me prohibió explícitamente responder esa carta. Fue un momento tremendo. Estuve al borde de mandar todo a la mierda. Después de la nota sobre Batlle, la Dirección decidió poner a alguien para que leyera las notas antes que salieran.
  
¿Cómo funcionaba ese sistema?

Antes de este sistema los directores muchas veces no leían las notas. No les interesa hacerlo. Pero a partir de la nota de Batlle y la del Ministerio de Deporte, decidieron designar una persona para que leyera las notas. Primero fue Washington Beltrán y luego “el pingo” (Daniel) Herrera (Lusich). Era una formalidad, para cuando alguna nota podía traer cola. Muy pocas veces daban sugerencias; era para que la Dirección se dejara de joder y vieran que había control. A mí me servía porque si después los directivos se quejaban, yo tenía a favor que la nota había pasado por alguien de confianza de ellos.

¿Es cierto que Herrera Lusich le dijo que el suplemento Qué Pasa le hacía mucho daño al diario El País?

Sí, pero fue en el marco de una discusión fuerte, justamente por el sistema de control de las notas. Cuando él vino al diario para ser secretario de redacción, vino con plenos poderes y quería ejercerlos, pero hubo un malentendido. Cuando se acordó esa formalidad, Daniel Scheck me dijo que yo eligiera entre el negro (Washington) Beltrán y Herrera Lusich. Yo opté por Beltrán porque lo conocía mejor. El problema es que Herrera pensó que yo había recibido la orden de darle las notas a él. Por eso ni me saludaba y un día nos enfrentamos. En ese momento ya no podíamos preguntarle a Daniel Sheck cuál había sido la orden porque estaba mal de salud. Nos dijimos de todo. Le pregunté: vos querés que te muestre las notas? Sí, me dijo. Lo que el quería era ejercer el poder y se calentó porque pensó que lo ignoraba. Pero de ahí en más le mostré todo, las notas de tapa y las editoriales, y me apoyó en todos los líos.

¿Cómo surgieron las columnas editoriales?

Empezaron a salir esporádicamente y Guillermo Scheck me alentó para que escribiera y se consolidaran permanentemente.

¿Siente que molestaban sus editoriales?

Sí, creo que molestaban bastante. Era seguro que iba a tener lío con la página editorial del diario, pero nunca me censuré a la hora de opinar sobre nada ni nadie.

¿Puede comentar el cruce de editoriales con el columnista del diario Urta Melián?

Él habló mal en una columna sobre Qué Pasa, refiriéndose a una contratapa que yo escribí. Una nota de opinión que llevó como título: “Gracias Argentina”. Urta nos trató de antipatriotas y yo puse el grito en el cielo. Me dejaron contestarle y a él lo echaron de la redacción.

¿Cuál cree que fue la sensación del lector cuando vio ese enfrentamiento público entre dos periodistas del mismo diario?

Eso el lector lo ve mal, pero él había empezado.

¿Está de acuerdo en denominar “periodismo de periodistas” a algunas de sus editoriales que criticaban a otros medios?

No sé qué es el periodismo de periodistas. Hay un gran corporativismo entre los periodistas que no permite analizar el trabajo de los demás. De la manera que yo entiendo el periodismo, si hablo de los políticos y futbolistas, por qué no puedo opinar sobre el trabajo de los periodistas. Somos también parte de la sociedad. Yo no soy un cretino corporativista.

Teniendo en cuenta los enfrentamientos ideológicos que generaba el producto, ¿cómo lograron que el suplemento se sostuviera durante seis años?

Porque se logró persuadir a los directivos de que eso era periodismo y le gustaba a la gente. Pienso que más allá de los lógicos enfrentamientos, Qué Pasa le trajo gratificaciones al diario. La gente lo comentaba mucho. Si un medio no genera problemas con la Dirección, es porque algo anda mal.

¿A Daniel Scheck también tuvo que persuadirlo?

No. Él tenía una cabeza más periodística. Pero El País es tan grande que hay gente a la que no persuadí nunca.

¿Por qué se fue del suplemento?

Me voy porque ellos (dirección y administración) toman una decisión que no prioriza el contenido periodístico. Pero fue la gota que rebasó el vaso.

¿Cuál fue esa decisión?

De acuerdo a las sugerencias de una consultora española, se decidió que el periodista debía hacer el trabajo de los diseñadores de página. Es decir, armar ellos mismos la página que sale publicada, con los textos, las fotos, etc. Yo entendí que en un producto de investigación, ese cambio sacaba tiempo de investigación a los periodistas. Pero mi decisión de renunciar se enmarca en un desgaste. Hacer el Qué Pasa tal como salía, de forma plural, independiente, profunda y crítica, daba no sólo el trabajo de hacerlo sino también el permanente trabajo de convencer a algunos directores del diario, de que eso al público le gustaba, de que prestigiaba a la empresa; de que eso era periodismo. Tener que explicar lo que uno cree que no debe explicar, a lo largo de los años va desgastando mucho. Uno se transforma en un rompe huevos, en  un loquito que le viene todo mal. En otro marco quizás me hubiera bancado al nuevo sistema, aunque me hubiera costado adaptarme. Pero en ese marco de que yo ya estaba re contra podrido de explicar qué era el periodismo correcto, noté que estaba cansado.

¿Qué fue lo que permitió al suplemento convertirse en lo que fue: la autonomía y libertad otorgada, o los valores periodísticos que usted y su equipo plasmaron en el producto?

Si ni hubiera sido por Daniel Scheck el suplemento no hubiera existido. Pero los valores que primamos permitieron hacer crecer al suplemento. Generó repercusión y terminó queriendo impactar en cada edición. En eso se convirtió nuestra apuesta: en darle prestigio al diario. Y pienso que se lo dio.



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