Cuentos cortos, cartas anónimas, manuales, listados, frases célebres, tests, editoriales durísimas, y cientos de palabras.
viernes, 28 de marzo de 2014
El País y el sedentarismo reflexivo
Los males ejemplos sirven: lo que hace El País Digital con esta encuesta en su portada es una falta de compromiso y un error: reproduce la idea de que el complejo problema de la violencia en el fútbol, se resuelve (o no) con una medida ejecutiva de un presidente. Los medios tienen el poder para llamar a la reflexión no al sedentarismo mental.
jueves, 27 de marzo de 2014
Consumo responsable de la pelota
Son las estrellas. Todos hablamos de ellos. Todos les tenemos miedo a su violencia. A ellos les dedican sus goles varios jugadores. Si se le proponen, pueden desviar la atención del juego por el que todos pagamos por ver, salvo ellos. Inconscientemente, millones reproducen sus mensajes asesinos y denigrantes. Parecen omnipotentes: logran imponer el mensaje de que el motor de la pasión por un equipo debe basarse en la violencia: en quien se caga menos, en quien aguanta más, en quien acompaña más al equipo en la derrota o en quien hace del fútbol su vida entera. Y en que la pasión significa no sólo no tolerar la derrota sino tampoco tratar de entender sus razones. Ningún operativo policial puede pelear de igual a igual con todo ese peso cultural que justifica y hace funcionar a la maquinaria de las barras. Se me ocurre que para quienes amamos el fútbol, hay un miedo que le gana al miedo a los violentos. Impensado si miramos para atrás: es el miedo a que se nos apague la pasión. Miedo a que se vuelva costumbre decir "prefiero no ir al Estadio". Antes de que pase prefiero soñar con un consenso colectivo: dirigentes, gobiernos, periodistas, medios y la sociedad en general deberíamos imaginarnos un fútbol con barras sin poder. Porque el problema no es el parásito de las barras, sino comer de la mano su veneno.
martes, 10 de diciembre de 2013
El porro del Pepe
La regularización de la marihuana, como la legalización del aborto, son políticas públicas progresistas, sí, pero más que eso, son evidencias muy visibles de que hay varias maneras de enfrentar la realidad y sus problemas naturales, en la convivencia social con modelos de país, pero también en la vida privada. Con esta ley Uruguay tendrá una herramienta inédita para enfrentar algunas enfermedades sociales con una óptica más realista. Los argumentos en contra de la Regulación muestran hipocresía, estigmatización de una sustancia, desmentido de la realidad, y etcéteras. Todo menos mostrar el miedo y enfrentar un problema. Son negaciones, como decir: "no voy al médico porque seguro me va a encontrar algo", o plantar árboles en un barrio privado para no ver a los pobres del otro lado del arroyo. Negar una enfermedad (médica o social) no la elimina y anula la posibilidad de tratarla a tiempo o de forma honesta. Por supuesto que se puede vivir negando miedos y problemas toda la vida, pero pienso que ser realista es más sustentable, o en el peor de los casos, mejora la calidad de vida a corto plazo. Más allá de la gran expectativa de cómo funcionará todo esto, creo en la lógica de ser honestos con los miedos y problemas inevitables que existen, para buscar siempre soluciones realistas, porque no existen los remedios mágicos. Bien por Uruguay.
domingo, 24 de noviembre de 2013
Se me pincha la pelota
Que
el fútbol es un germinador de violencia no es noticia. Lo que pasa es
que 2 veces por año, en cada clásico, todos (hinchas, cómplices,
protagonistas del juego, periodistas, dirigentes y Polícía), miramos de
frente la actuación más estelar de la violencia, donde los enfermos son
naturalmente figuras del espectáculo, con protagonismo incluso superior
al de los protagonistas del juego. Y la sucesión de disturbios agranda una bomba que parece casi siempre a punto de explotar.
El perfil de la minoría de los violentos es bastante entendida por todos: aparentes excluidos de un sistema que encuentran en el fútbol un poder. El poder del miedo que genera su violencia y que además ocupan un lugar estelar, nunca mejor ejemplarizado en una pantalla gigante, donde todos vemos lo que son capaces de hacer. Acá no hay color. Hace tiempo que Nacional y Peñarol se festejan los muertos mutuamente y así lo canta el groso de sus "hinchadas" por más que los asesinos sean unos pocos. La comprensión más engorrosa parecería ser la legitimación de esa minoría. Hay una masa que reproduce, desde un fanatismo mal entendido, una violencia implícita, cómplice y legitimadora de la violencia explícita: con cantos durante los partidos, y todo tipo de publicaciones en redes sociales; ahí el denominador común es el odio, la violencia, la exclusión, el resentimiento. Aunque parezca absurdo explicarlo, todo está englobado en la pasión por un equipo. A la masividad se suma otro problema: muchísima gente no es conciente de que legitima a la violencia. Vi decenas de ejemplos hoy en la tribuna Olímpica y detallo uno: una joven recibió un llamado de alguien que seguramente enterado de los disturbios, se preocupó por ella: "Quedate tranqui que no pueden saltar para esta tribuna"; asi lo tranquilizó la joven. Luego cortó la comunicación y se prendió a un grito bastante generalizado de la hinchada de Nacional que decía: "Manya vos corrés". Así se mueve una masa grande de hinchas. Hoy la lógica de la pasión se mueve por mensajes alrededor de la violencia. Para demostrar quién se "asusta menos", quién es más "valiente". Cómo frenar los desmanes en un clásico es el quinto o sexto eslabón de la cadena. La concientización es el primer paso. Más grave aún es que en ese trabajo, los dirigentes no sólo no suman, sino que restan. Ache y Damiani juegan las mismas peleas pelotudas del fanático.
¿El partido? Peñarol lo ganó bien. Porque Pacheco si pudiera jugaría Clásicos todos los fines de semana; lo hace descalzo y con esa comodidad aprovecha su lucidez para marca diferencias. Porque Aguiar es un muy buen jugador de fútbol y hoy no fue excepción su nivel, y porque la explosión del juvenil Rodríguez fue demasiado para la defensa desconcentrada de Nacional.
El perfil de la minoría de los violentos es bastante entendida por todos: aparentes excluidos de un sistema que encuentran en el fútbol un poder. El poder del miedo que genera su violencia y que además ocupan un lugar estelar, nunca mejor ejemplarizado en una pantalla gigante, donde todos vemos lo que son capaces de hacer. Acá no hay color. Hace tiempo que Nacional y Peñarol se festejan los muertos mutuamente y así lo canta el groso de sus "hinchadas" por más que los asesinos sean unos pocos. La comprensión más engorrosa parecería ser la legitimación de esa minoría. Hay una masa que reproduce, desde un fanatismo mal entendido, una violencia implícita, cómplice y legitimadora de la violencia explícita: con cantos durante los partidos, y todo tipo de publicaciones en redes sociales; ahí el denominador común es el odio, la violencia, la exclusión, el resentimiento. Aunque parezca absurdo explicarlo, todo está englobado en la pasión por un equipo. A la masividad se suma otro problema: muchísima gente no es conciente de que legitima a la violencia. Vi decenas de ejemplos hoy en la tribuna Olímpica y detallo uno: una joven recibió un llamado de alguien que seguramente enterado de los disturbios, se preocupó por ella: "Quedate tranqui que no pueden saltar para esta tribuna"; asi lo tranquilizó la joven. Luego cortó la comunicación y se prendió a un grito bastante generalizado de la hinchada de Nacional que decía: "Manya vos corrés". Así se mueve una masa grande de hinchas. Hoy la lógica de la pasión se mueve por mensajes alrededor de la violencia. Para demostrar quién se "asusta menos", quién es más "valiente". Cómo frenar los desmanes en un clásico es el quinto o sexto eslabón de la cadena. La concientización es el primer paso. Más grave aún es que en ese trabajo, los dirigentes no sólo no suman, sino que restan. Ache y Damiani juegan las mismas peleas pelotudas del fanático.
¿El partido? Peñarol lo ganó bien. Porque Pacheco si pudiera jugaría Clásicos todos los fines de semana; lo hace descalzo y con esa comodidad aprovecha su lucidez para marca diferencias. Porque Aguiar es un muy buen jugador de fútbol y hoy no fue excepción su nivel, y porque la explosión del juvenil Rodríguez fue demasiado para la defensa desconcentrada de Nacional.
Pero esto fue
secundario y por natural no deja de ser grave: el juego, lo único que
debería importar, queda en un segundo plano, al menos para mí. El juego
dejó de ser la preocupación principal. Y lo doloroso es que la
preocupación se va transformando en resignación. Me resigno a no poder
inculcarle el fútbol a un hijo con la pasión con la que me lo inculcaron
a mí, porque esto no para, y no quiero reproducir un cómplice.
Los clásicos del miedo
Que el fútbol es un germinador de violencia no es noticia. Lo que pasa es que 2 veces por año, en cada clásico, todos (hinchas, cómplices, protagonistas del juego, periodistas, dirigentes y Polícía), miramos de frente la actuación más estelar de la violencia, donde los enfermos son naturalmente figuras del espectáculo, con protagonismo incluso superior al de los protagonistas del juego. Y la sucesión de disturbios agranda una bomba que parece casi siempre a punto de explotar.
El perfil de la minoría de los violentos es bastante entendida por todos: aparentes excluidos de un sistema que encuentran en el fútbol un poder. El poder del miedo que genera su violencia y que además ocupan un lugar estelar, nunca mejor ejemplarizado en una pantalla gigante, donde todos vemos lo que son capaces de hacer. Acá no hay color. Hace tiempo que Nacional y Peñarol se festejan los muertos mutuamente y así lo canta el groso de sus "hinchadas" por más que los asesinos sean unos pocos. La comprensión más engorrosa parecería ser la legitimación de esa minoría. Hay una masa que reproduce, desde un fanatismo mal entendido, una violencia implícita, cómplice y legitimadora de la violencia explícita: con cantos durante los partidos, y todo tipo de publicaciones en redes sociales; ahí el denominador común es el odio, la violencia, la exclusión, el resentimiento. Aunque parezca absurdo explicarlo, todo está englobado en la pasión por un equipo. A la masividad se suma otro problema: muchísima gente no es conciente de que legitima a la violencia. Vi decenas de ejemplos hoy en la tribuna Olímpica y detallo uno: una joven recibió un llamado de alguien que seguramente enterado de los disturbios, se preocupó por ella: "Quedate tranqui que no pueden saltar para esta tribuna"; así lo tranquilizó la joven. Luego cortó la comunicación y se prendió a un grito bastante generalizado de la hinchada de Nacional que decía: "Manya vos corrés". Así se mueve una masa grande de hinchas. Hoy la lógica de la pasión se mueve por mensajes alrededor de la violencia. Para demostrar quién se "asusta menos", quién es más "valiente". Cómo frenar los desmanes en un clásico es el quinto o sexto eslabón de la cadena. La concientización es el primer paso. Más grave aún es que en ese trabajo, los dirigentes no sólo no suman, sino que restan. Ache y Damiani juegan las mismas peleas pelotudas del fanático.
¿El partido? Peñarol lo ganó bien. Porque Pacheco si pudiera jugaría Clásicos todos los fines de semana; lo hace descalzo y con esa comodidad aprovecha su lucidez para marca diferencias. Porque Aguiar es un muy buen jugador de fútbol y hoy no fue excepción su nivel, y porque la explosión del juvenil Rodríguez fue demasiado para la defensa desconcentrada de Nacional.
Pero esto fue secundario y por natural no deja de ser grave: el juego, lo único que debería importar, queda en un segundo plano, al menos para mí. El juego dejó de ser la preocupación principal. Y lo doloroso es que la preocupación se va transformando en resignación. Me resigno a no poder inculcarle el fútbol a un hijo con la pasión con la que me lo inculcaron a mí, porque esto no para, y no quiero reproducir un cómplice.
jueves, 14 de noviembre de 2013
Gracias por hacernos creer
Tremenda alegría. Ya estamos en Brasil. Para
nosotros, que sufrimos cada Eliminatoria, jugar 2 Mundiales consecutivos
es hoy el premio futbolístico y más tangible de un proyecto serio que
lleva 8 años. Y que tiene como uno de sus mayores méritos
mantener el hermetismo para creer en sus métodos pese a los fracasos.
Darse palos y seguir creyendo en uno, aunque parezca brava y los
fracasos hagan dudar. Pero ese quizás sea el mérito más grande de esta
Selección: generar en la sociedad (en quienes quieran agarrar esa posta)
un cambio cultural que trasciende al fútbol. Creer a pesar de los
palos. Creer que somos capaces de mantener un proyecto a largo plazo,
como la vida por ejemplo. Y perder el miedo a festejar lo que creemos un
logro. Poder pensar que el éxito lo define cada uno para sí. Es mucho
más que un cambio de ánimo por una victoria. Que un país futbolero
aproveche el fútbol para creer es muy gratificante.
La Selección se
transformó en una isla flotando en un fútbol local mediocre, donde
salir campeón uruguayo sigue siendo lo más importante para los más
grandes (cada vez más grandes adentro y más chicos afuera). Estoy
agradecido de que este proyecto sea uruguayo y es una suerte que sea
futbolístico, porque somos muchísimos los que pateamos pelotas antes de
aprender a leer. Es para festejar.
En la puerta de mi cuarto tengo un poster con una foto del plantel de jugadores que fue a Sudáfrica 2010. Dice "Gracias por hacernos creer". Siempre pensé que esa frase iba más allá de la pelota.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Mucho más que fútbol - Uruguay se va al Mundial
Tremenda alegría. Ya estamos en Brasil. Para nosotros, que sufrimos cada Eliminatoria, jugar 2 Mundiales consecutivos es hoy el premio futbolístico y más tangible de un proyecto serio que lleva 8 años. Y que tiene como uno de sus mayores méritos mantener el hermetismo para creer en sus métodos pese a los fracasos. Darse palos y seguir creyendo en uno, aunque parezca brava y los fracasos hagan dudar. Pero ese quizás sea el mérito más grande de esta Selección: generar en la sociedad (en quienes quieran agarrar esa posta) un cambio cultural que trasciende al fútbol. Creer a pesar de los palos. Creer que somos capaces de mantener un proyecto a largo plazo, como la vida por ejemplo. Y perder el miedo a festejar lo que creemos un logro. Poder pensar que el éxito lo define cada uno para sí. Es mucho más que un cambio de ánimo por una victoria. Que un país futbolero aproveche el fútbol para creer es muy gratificante.
La Selección se transformó en una isla flotando en un fútbol local mediocre, donde salir campeón uruguayo sigue siendo lo más importante para los más grandes (cada vez más grandes adentro y más chicos afuera). Estoy agradecido de que este proyecto sea uruguayo y es una suerte que sea futbolístico, porque somos muchísimos los que pateamos pelotas antes de aprender a leer. Es para festejar.
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