jueves, 4 de octubre de 2012

Yo le hice un favor a Leonardo Haberkorn, ¿ y vos?

Durante el 2006 entrevisté a Leonardo Haberkorn como parte de la investigación para la tesis de facultad. Hoy el tipo es casi una celebridad intelectual. Si después de los 2 libros sobre tupamaros quedaba lindo nombrarlo en un asado, con éste último de Víctor Hugo, citarlo debe servir para ganar muchas discusiones. Y ahora lo conoce cualquier uruguayo promedio.

(No viene al caso pero me da pena que haya logrado más popularidad y asquerosos "seguidores" fundamentalistas intentando vender una imagen no terrenal de periodista inmaculado, gendarme de la ética, cuando fue más honesto generalmente con su excepcional ejercicio del periodismo: por rigor y calidad. Asumo que las redes ponen a prueba nuestro ego, y Haberkorn tiene el suyo, sabiéndose muy bueno, claro)

En junio de 2007 presenté la tesis sobre la excepción periodística que significaba el Suplemento Qué Pasa bajo su editoría dentro del diario El País. Poco después se me ocurrió postear en este blog la entrevista editada que le había hecho; era uno de los anexos del trabajo. Pero duró poco. Unos días después Haberkorn me llamó y con el respeto distante que siempre me trató, me dijo: "Pintos, tengo que pedirle un favor". El pedido consistía en descolgar la entrevista.

Me sorprendió por 2 motivos: 1) No era la intención de las charlas que tuve con él, pero Haberkorn quedó bien parado en la entrevista; fue coherente con su trabajo en el Suplemento Qué Pasa y en definitiva eso era funcional a mi tesis. 2) Fue raro saber que no quería que algunas de sus citas quedaran en la red porque siempre fue muy bélico y combativo para defender la forma de hacer periodismo como él siempre la entendió. Nunca pareció medirse en sus palabras si se trataba de periodismo.

Pero yo siempre fui (sigo siendo) muy ingenuo y antes creía más en supermanes, como alguna vez creí que los Reyes se comían el pasto, o que podía ser jugador profesional de fútbol.

¿Por qué la descolgué? Bua, acá no vinimos a juzgar a nadie y menos a mí, que es mi blog. Pero la descolgué por la misma razón por la que hace un mes aplaudí sin darme cuenta al Tony Pacheco, cuando el Enano de la Vela le dedicó un tema en La Trastienda por la desgracia de la fractura: "si él lo pide, vamo´a hacerlo, yo que sé"; es inconsciente.

Hoy la vuelvo a colgar. Con o sin intención, Haberkorn está sacando rédito de un nombre como Víctor Hugo. Bueno, yo le quiero sacar unos clicks a mi blog cuando la gente ponga Haberkorn en Google. Vos dirás: el tipo hizo una investigación a 4 manos, escribió un libro que estuvo promocionado por Lanata y varios medios de renombre, y seguramente publique 37 ediciones. Bueno, yo no tengo ni el rigor, ni la pasión, ni el talento para hacer otra investigación como aquella de la tesis. Y no es falsa modestia. Me gana la desidia, nomás.

Petit advertencia: la entrevista resulta mínimamente interesante para un mundillo pequeño de personas entre las que, con viento a favor, puedo incluir a periodistas, estudiantes de comunicación, mi madre (capaz ya la leyó), y Víctor Hugo. Quedan afuera analfabetos y el resto de la población.

He aquí ella:

¿Cómo surgió el suplemento Qué Pasa?

Yo estaba en la redacción del diario El País, sin actividad, a punto de irme, y me llegó una oferta para editar el suplemento Fin de Semana de El Observador. Me agarró Daniel Scheck (administrador vitalicio de El País) y me dijo que él no quería que me fuera. Me preguntó qué quería hacer. Le dije que quería hacer periodismo profundo, de investigación y análisis, y me comentó que ya existía un nombre registrado para un suplemento de esas características: Qué Pasa. Decidí quedarme en El País porque era un diario líder en ventas y por muerte. Además en El Observador me ofrecían libertad pero que tratáramos de tener un espíritu positivo. No sé qué es un espíritu positivo, y en El País no me pidieron nada.

¿Por qué estaba “sin actividad” en la redacción del diario?

Porque había decidido renunciar a la editoría de una revista dedicada a cubrir las elecciones nacionales de 1999. Se llamaba Recta Final.

¿Y por qué tomó esa decisión?

La Revista era totalmente objetiva porque había que ser parcial. No tomaba partido por ninguno de los candidatos. Pero faltando 13 días para las elecciones vino una orden de cambiar la revista con una serie de condicionamientos por lo cual decidí no hacerla más. Renuncié al cargo; no me echaron.

¿Cuáles fueron esos condicionamientos?

Se nos pidió que a partir de ese momento, uno de los candidatos dejara de aparecer y que no apareciera más prácticamente, pero yo no acepté.

 ¿El candidato era Vázquez?

A buen entendedor pocas palabras bastan

¿No pensó que con el suplemento Qué Pasa sucedería lo mismo?

No lo pensé en ese momento. El tema es que hay que hacer las cosas como uno las entiende, hasta que lo dejen. Yo sabía que si pedía permiso me iban a decir que no. Es ser valiente a fuerza de saber que es la única opción. Yo siempre dije que haría lo que pensaba que tenía que hacer, y si me tenían que echar que lo hicieran; duré mucho más de lo que yo esperaba.

Cuando se creó Qué Pasa, ¿habló con directivos para que, a partir de la autonomía que le daban, se pudiera desarrollar una línea editorial diferente?
                                  
Se habló en general que iba a haber libertad para trabajar. No se habló en detalles. Se entendió que yo no iba a rendir cuentas a nadie como editor, pero en El País los suplementos son autónomos, el tema es que no la usan esa libertad. Todas las conversaciones fueron con Daniel Scheck.

Entonces, ¿la Dirección no era consciente de hasta dónde podía llegar el producto?

No, creo que no eran conscientes.

¿El suplemento tuvo un arranque “más suave” como para ver si se podía desarrollar otra línea editorial?

No, no fue así. No estaba tan claro qué queríamos. Yo pensé en qué le podíamos dar al diario que no tuviera. No había un material de lectura profundo y eso a mí me encanta. Igualmente fue tomando su perfil sobre la marcha. Otro de los cometidos era aprovechar los servicios internacionales pero siempre debía haber un informe nacional. El espíritu del producto se fue logrando sobre la marcha.

¿Cuál era su objetivo inicial?

Un poco más modesto de lo que terminó siendo: dar un material de lectura interesante y bueno. Con Andrea Tutté veníamos de un fracaso duro de asimilar con Revista Tres. Fue un proyecto muy ambicioso porque le iba a tapar la boca a todos. Era la revista que iba a mostrar en Uruguay lo que era el periodismo. Se hicieron buenas notas pero nunca se impuso. Por eso hablé con  Tutté y le dije que debíamos empezar más modestos. Con un periodismo interesante y bien escrito. El tema es que después Uruguay se empezó a desbarrancar y yo pensé en el rol que debíamos cumplir. Y el diario no tenía una postura crítica de lo que sucedía. Era muy “light”. 

¿Cuál era su percepción sobre la redacción del diario?

Es una redacción conservadora en el sentido de que no se innova. Yo estuve en la redacción antes de salir con Qué Pasa y notaba que había mucho autocensura de los periodistas. Pedían permiso para todo y siempre les decían que no. A esa redacción la domina el terror y la autocensura.

¿Por qué cree que sucede eso?

Porque es un diario que está en muchas manos. Es muy complejo. Siempre tenés el peligro de meterte con algún accionista o director del diario.

¿Piensa que el Qué Pasa tuvo influencia del suplemento Fin de Semana de El Observador?

Bueno, todo surgió por una oferta que me hicieron en El Observador, pero no era un modelo el Fin de Semana. Sí era una referencia y en cierta manera yo quería hacerlo mejor que eso. Mi idea era que El País lograra tener un producto de prestigio como tuvo Fin de Semana en algún momento.

¿Cómo era la relación con la redacción del diario?

El periodismo está lleno de mezquindades y de envidia. La mayoría nos vio con indiferencia pero como empezamos a hacer cosas que ellos no hacían, alguno reaccionó. Protestaban y decían por qué nos dejaban publicar determinadas cosas a nosotros que a ellos no se les permitía.

¿Siempre tuvo el mismo grado de libertad para trabajar el suplemento?

No. Hubo altas y bajas. El problema era que a alguno de los directivos o accionistas de El País, no les gustaba entregar tanta independencia porque se corría el riesgo de ir en contra de sus opiniones o intereses. El problema no era tanto qué publicar, si no cómo no consultar antes.

¿Cuál fue el momento más crítico?

Seguramente en el año 2002, con la crisis del país. Cada cosa que pasaba se ponía más bravo y tuvimos unas seguidillas que fueron tremendas. La primera fue con una nota que escribí sobre la gestión de Batlle. Ese mismo día, el diario publicó una aclaración en la página editorial para explicar que la nota había escapado al control de la Dirección. Pero eso no fue así. La habían visto y no querían que saliera. Inventaron eso para lavarse las manos; por eso dijeron que no la vieron. Yo dije que iba sí o sí, y desde la Dirección, Enrique Beltrán y el “torta” (Martín) Aguirre (Gomensoro) me dijeron que la imagen del presidente se iba a la mierda. El otro lío grande fue con una nota sobre el Ministerio de Deporte. El ministro Trobo quiso responder y el diario le publicó una carta llena de mentiras. Yo quise responder esa carta porque nos acusaba de tergiversar la información para perjudicar al Ministerio. Se me prohibió explícitamente responder esa carta. Fue un momento tremendo. Estuve al borde de mandar todo a la mierda. Después de la nota sobre Batlle, la Dirección decidió poner a alguien para que leyera las notas antes que salieran.
  
¿Cómo funcionaba ese sistema?

Antes de este sistema los directores muchas veces no leían las notas. No les interesa hacerlo. Pero a partir de la nota de Batlle y la del Ministerio de Deporte, decidieron designar una persona para que leyera las notas. Primero fue Washington Beltrán y luego “el pingo” (Daniel) Herrera (Lusich). Era una formalidad, para cuando alguna nota podía traer cola. Muy pocas veces daban sugerencias; era para que la Dirección se dejara de joder y vieran que había control. A mí me servía porque si después los directivos se quejaban, yo tenía a favor que la nota había pasado por alguien de confianza de ellos.

¿Es cierto que Herrera Lusich le dijo que el suplemento Qué Pasa le hacía mucho daño al diario El País?

Sí, pero fue en el marco de una discusión fuerte, justamente por el sistema de control de las notas. Cuando él vino al diario para ser secretario de redacción, vino con plenos poderes y quería ejercerlos, pero hubo un malentendido. Cuando se acordó esa formalidad, Daniel Scheck me dijo que yo eligiera entre el negro (Washington) Beltrán y Herrera Lusich. Yo opté por Beltrán porque lo conocía mejor. El problema es que Herrera pensó que yo había recibido la orden de darle las notas a él. Por eso ni me saludaba y un día nos enfrentamos. En ese momento ya no podíamos preguntarle a Daniel Sheck cuál había sido la orden porque estaba mal de salud. Nos dijimos de todo. Le pregunté: vos querés que te muestre las notas? Sí, me dijo. Lo que el quería era ejercer el poder y se calentó porque pensó que lo ignoraba. Pero de ahí en más le mostré todo, las notas de tapa y las editoriales, y me apoyó en todos los líos.

¿Cómo surgieron las columnas editoriales?

Empezaron a salir esporádicamente y Guillermo Scheck me alentó para que escribiera y se consolidaran permanentemente.

¿Siente que molestaban sus editoriales?

Sí, creo que molestaban bastante. Era seguro que iba a tener lío con la página editorial del diario, pero nunca me censuré a la hora de opinar sobre nada ni nadie.

¿Puede comentar el cruce de editoriales con el columnista del diario Urta Melián?

Él habló mal en una columna sobre Qué Pasa, refiriéndose a una contratapa que yo escribí. Una nota de opinión que llevó como título: “Gracias Argentina”. Urta nos trató de antipatriotas y yo puse el grito en el cielo. Me dejaron contestarle y a él lo echaron de la redacción.

¿Cuál cree que fue la sensación del lector cuando vio ese enfrentamiento público entre dos periodistas del mismo diario?

Eso el lector lo ve mal, pero él había empezado.

¿Está de acuerdo en denominar “periodismo de periodistas” a algunas de sus editoriales que criticaban a otros medios?

No sé qué es el periodismo de periodistas. Hay un gran corporativismo entre los periodistas que no permite analizar el trabajo de los demás. De la manera que yo entiendo el periodismo, si hablo de los políticos y futbolistas, por qué no puedo opinar sobre el trabajo de los periodistas. Somos también parte de la sociedad. Yo no soy un cretino corporativista.

Teniendo en cuenta los enfrentamientos ideológicos que generaba el producto, ¿cómo lograron que el suplemento se sostuviera durante seis años?

Porque se logró persuadir a los directivos de que eso era periodismo y le gustaba a la gente. Pienso que más allá de los lógicos enfrentamientos, Qué Pasa le trajo gratificaciones al diario. La gente lo comentaba mucho. Si un medio no genera problemas con la Dirección, es porque algo anda mal.

¿A Daniel Scheck también tuvo que persuadirlo?

No. Él tenía una cabeza más periodística. Pero El País es tan grande que hay gente a la que no persuadí nunca.

¿Por qué se fue del suplemento?

Me voy porque ellos (dirección y administración) toman una decisión que no prioriza el contenido periodístico. Pero fue la gota que rebasó el vaso.

¿Cuál fue esa decisión?

De acuerdo a las sugerencias de una consultora española, se decidió que el periodista debía hacer el trabajo de los diseñadores de página. Es decir, armar ellos mismos la página que sale publicada, con los textos, las fotos, etc. Yo entendí que en un producto de investigación, ese cambio sacaba tiempo de investigación a los periodistas. Pero mi decisión de renunciar se enmarca en un desgaste. Hacer el Qué Pasa tal como salía, de forma plural, independiente, profunda y crítica, daba no sólo el trabajo de hacerlo sino también el permanente trabajo de convencer a algunos directores del diario, de que eso al público le gustaba, de que prestigiaba a la empresa; de que eso era periodismo. Tener que explicar lo que uno cree que no debe explicar, a lo largo de los años va desgastando mucho. Uno se transforma en un rompe huevos, en  un loquito que le viene todo mal. En otro marco quizás me hubiera bancado al nuevo sistema, aunque me hubiera costado adaptarme. Pero en ese marco de que yo ya estaba re contra podrido de explicar qué era el periodismo correcto, noté que estaba cansado.

¿Qué fue lo que permitió al suplemento convertirse en lo que fue: la autonomía y libertad otorgada, o los valores periodísticos que usted y su equipo plasmaron en el producto?

Si ni hubiera sido por Daniel Scheck el suplemento no hubiera existido. Pero los valores que primamos permitieron hacer crecer al suplemento. Generó repercusión y terminó queriendo impactar en cada edición. En eso se convirtió nuestra apuesta: en darle prestigio al diario. Y pienso que se lo dio.



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