jueves, 27 de marzo de 2014

Consumo responsable de la pelota



Son las estrellas. Todos hablamos de ellos. Todos les tenemos miedo a su violencia. A ellos les dedican sus goles varios jugadores. Si se le proponen, pueden desviar la atención del juego por el que todos pagamos por ver, salvo ellos. Inconscientemente, millones reproducen sus mensajes asesinos y denigrantes. Parecen omnipotentes: logran imponer el mensaje de que el motor de la pasión por un equipo debe basarse en la violencia: en quien se caga menos, en quien aguanta más, en quien acompaña más al equipo en la derrota o en quien hace del fútbol su vida entera. Y en que la pasión significa no sólo no tolerar la derrota sino tampoco tratar de entender sus razones. Ningún operativo policial puede pelear de igual a igual con todo ese peso cultural que justifica y hace funcionar a la maquinaria de las barras. Se me ocurre que para quienes amamos el fútbol, hay un miedo que le gana al miedo a los violentos. Impensado si miramos para atrás: es el miedo a que se nos apague la pasión. Miedo a que se vuelva costumbre decir "prefiero no ir al Estadio". Antes de que pase prefiero soñar con un consenso colectivo: dirigentes, gobiernos, periodistas, medios y la sociedad en general deberíamos imaginarnos un fútbol con barras sin poder. Porque el problema no es el parásito de las barras, sino comer de la mano su veneno.

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