domingo, 24 de noviembre de 2013

Se me pincha la pelota


Que el fútbol es un germinador de violencia no es noticia. Lo que pasa es que 2 veces por año, en cada clásico, todos (hinchas, cómplices, protagonistas del juego, periodistas, dirigentes y Polícía), miramos de frente la actuación más estelar de la violencia, donde los enfermos son naturalmente figuras del espectáculo, con protagonismo incluso superior al de los protagonistas del juego. Y la sucesión de disturbios agranda una bomba que parece casi siempre a punto de explotar.

El perfil de la minoría de los violentos es bastante entendida por todos: aparentes excluidos de un sistema que encuentran en el fútbol un poder. El poder del miedo que genera su violencia y que además ocupan un lugar estelar, nunca mejor ejemplarizado en una pantalla gigante, donde todos vemos lo que son capaces de hacer. Acá no hay color. Hace tiempo que Nacional y Peñarol se festejan los muertos mutuamente y así lo canta el groso de sus "hinchadas" por más que los asesinos sean unos pocos. La comprensión más engorrosa parecería ser la legitimación de esa minoría. Hay una masa que reproduce, desde un fanatismo mal entendido, una violencia implícita, cómplice y legitimadora de la violencia explícita: con cantos durante los partidos, y todo tipo de publicaciones en redes sociales; ahí el denominador común es el odio, la violencia, la exclusión, el resentimiento. Aunque parezca absurdo explicarlo, todo está englobado en la pasión por un equipo. A la masividad se suma otro problema: muchísima gente no es conciente de que legitima a la violencia. Vi decenas de ejemplos hoy en la tribuna Olímpica y detallo uno: una joven recibió un llamado de alguien que seguramente enterado de los disturbios, se preocupó por ella: "Quedate tranqui que no pueden saltar para esta tribuna"; asi lo tranquilizó la joven. Luego cortó la comunicación y se prendió a un grito bastante generalizado de la hinchada de Nacional que decía: "Manya vos corrés". Así se mueve una masa grande de hinchas. Hoy la lógica de la pasión se mueve por mensajes alrededor de la violencia. Para demostrar quién se "asusta menos", quién es más "valiente". Cómo frenar los desmanes en un clásico es el quinto o sexto eslabón de la cadena. La concientización es el primer paso. Más grave aún es que en ese trabajo, los dirigentes no sólo no suman, sino que restan. Ache y Damiani juegan las mismas peleas pelotudas del fanático.

¿El partido? Peñarol lo ganó bien. Porque Pacheco si pudiera jugaría Clásicos todos los fines de semana; lo hace descalzo y con esa comodidad aprovecha su lucidez para marca diferencias. Porque Aguiar es un muy buen jugador de fútbol y hoy no fue excepción su nivel, y porque la explosión del juvenil Rodríguez fue demasiado para la defensa desconcentrada de Nacional.
 
Pero esto fue secundario y por natural no deja de ser grave: el juego, lo único que debería importar, queda en un segundo plano, al menos para mí. El juego dejó de ser la preocupación principal. Y lo doloroso es que la preocupación se va transformando en resignación. Me resigno a no poder inculcarle el fútbol a un hijo con la pasión con la que me lo inculcaron a mí, porque esto no para, y no quiero reproducir un cómplice.









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